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Pero pasados los calores, nos introdujimos en otros más infernales. Porque los cinco magníficos parecían haber firmado un pacto con el de la cola y el tridente -Neptuno no, ¿eh?, sino el patas de cabra...-, ya que en algo más de tres horas derrocharon energía y virtuosismo a raudales. Hay que decir que no sólo la redacción de Esquizofrenia, sino más de uno, llegó a La Riviera para someter a un duro examen a nuestro (mal)querido LaBrie. Y hay que decir, después de criticar a la maldita sala por su penosa acústica y visibilidad debido a la puñetera barra de copas con sus tres palmeras en mitad de la pista, que el canadiense estuvo casi de 10. Pongámosle un 9 aunque sólo sea porque llevaba un bermudas y una camiseta horrible. Pero estuvo formidable, recuperado de la progresiva pérdida de facultades que se iba percibiendo en los conciertos desde unos cinco o seis años atrás. El repertorio al completo fue el siguiente, en dos sesiones de aproximadamente hora y media y descanso de veinte minutos: The Glass Prison, 6:00, Beyond This Life, solo de Rudess de unos diez minutos, Lines in The Sand, The Great Debate + una larga improvisación final, The Killing Hand + improvisación y Take The Time. A las 22.30 -comenzó pasadas las ocho- hubo pausa y después: Six Degrees of Inner Turbulence completa, Home, The The Spirit Carries On y Pull Me Under como final. La canción más vitoreada fue el gran himno de DT, el Pull Me Under. Pero antes hubo mucha fiesta. El principio se veía venir y no sorprendió, pues fue el inicio del último LP y pegaba para unir el final de Scenes From a Memory con el nuevo trabajo. Sí llamó la atención que la banda neoyorkina sacó del baúl de los recuerdos temas poco presentados en el escenario en los últimos tiempos: The Killing Hand del When Dream and Day Unite, 6:00 del Awake, Lines in The Sand, del Falling... Pero no nos engañemos, el nuevo "hit" como dicen los modernos (y horteras) de DT es Home, el gran temazo lleno de energía del trabajo anterior. Sus doce minutos originales se convirtieron en más de cuarto de hora de truenos y centellas. Fue el estribillo más cantado por la "masa" tras el Pull Me. LaBrie demostró que está en forma y que las pastillas hacen su efecto. Las del médico, por supuesto. En otras ocasiones se reservaba temas tranquilos y baladas para descansar entre las peores canciones para su rendimiento, pero en esta ocasión no hubo remansos. Pero el resto también estuvo de 10. Portnoy es el alma declarada y aceptada del grupo para el público. Es el amenizador número uno de las fiestas rockeras. Cuando tocaba caña, metía extra picando a los asistentes para que vitorearan y palmearan más fuerte. Cuando tocaba mecherito en alto, su mechero era el primero. En cuanto a Petrucci, la otra pieza de la bicefalia, poco sorprendió, porque es tan evidente su virtuosismo y su nivel a la guitarra que sólo queda recoger las babas cuando puntea y hace llorar. Myung, bien, cumpliendo en su la labor más discreta que es el bajo. Eso sí, en su metro y medio cuadrado de pista salvaje para no despeinarse el flequillo oriental. Y Rudess, gigante con su pantalón corto a lo LaBrie y a las teclas. Se le nota muy seguro y tan superior a la limitada aportación musical que tiene que hacer que tiene que girar en la plataforma móvil que tiene para no bostezar. No sobra, aunque no se siente muy realizado de segundón y se le nota. Su solo de diez minutos ya se ha oído en alguna que otra ocasión en directo, pero fue de sobresaliente y el público le aclamó. ¿Cómo pueden pasar tres horas como tres minutos? Con DT. Porque la suite de Six Degrees se hizo corta pese a sus casi cincuenta minutos, y la gente se conocía toda la letra de la misma. No se hizo larga ni por asomo. Todos esperaban el Grand Finale que lleva por nombre su finalización. Hubo sitio para dos temas improvisados, quizás lo que más gustó al público, pues sorprende y encanta ya que se caracterizan por su virtuosidad extrema, alargando las melodías y acoplándose a la perfección. Y mientras LaBrie le daba a la botella -de agua, leches- y ayudaba a Portnoy a aporrear la batería -ni que le hiciera falta al barbudo para hacerlo- se mascaba el temor de los asistentes. Se acercaba el final de la obra, el final del teatro de los sueños. ¿Cómo no se aprecia esta música lo suficiente como para llenar dos estadios Bernabéus? ¿o tres? Pues sobre 2.000 personas -inteligentes- tuvieron que cambiar el ruedo de la Plaza de Toros de Vistalegre anunciada previamente por esta pequeña sala y discoteca el resto de noches. Aunque como se suele decir, lo bueno, si es breve, dos veces bueno. Este dicho ibérico se aplicó correctamente al público asistente pero tristemente al concierto. Llegaba ya la traca final, que es traca pero a la vez final. Es decir, se terminó el sueño. Pull Me Under fue la elegida en detrimento de Learning to Live o el final de A Change of Seasons. Sólo decir que más de uno quedó afónico tras cada estribillo del tema insignia de DT. LaBrie dirigía su micro hacia nosotros porque teníamos muchas ganas de desgarrar nuestras gargantas. Y así es como terminó la función y el sueño, porque los sueños, sueños son... |
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